Impacto medioambiental de la energía hidráulica

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La energía hidráulica puede obtenerse tanto de una presa con central hidroeléctrica o desde pequeñas minicentrales hidráulicas en ríos de menos caudal. Las grandes centrales hidroeléctricas continúan construyéndose en muchas zonas del mundo (sobre todo China y Brasil); en cambio, en otros países (incluyendo España), su implantación está más limitada al no existir emplazamientos idóneos o por motivos medioambientales.

Por lo tanto, el incremento en el futuro de la producción de energía hidráulica pasará por una mejora en la eficiencia de las instalaciones existentes o en proyectos de menor entidad.

Tanto en los grandes proyectos hidroeléctricos como en los más modestos, existen impactos medioambientales que deben ser valorados y tenidos en cuenta.

 

Uso del suelo

El tamaño del embalse o reservorio de agua construido en todo proyecto hidroeléctrico varía considerablemente de uno a otro, dependiendo en gran medida del tamaño de los generadores hidroeléctrico y la topografía del terreno. Las plantas hidroeléctricas en terrenos llanos necesitan lógicamente más superficie que aquellas en zonas montañosas, zona de valles o cañones, donde los embalses alcanzan más profundidad y pueden almacenar un volumen de agua considerablemente mayor en comparación con la superficie utilizada.

Por ejemplo, en Brasil, la gran central hidroeléctrica de Balbina, construida en una zona plana, anega un área de más de 2300 kilómetros cuadrados (superior a la provincia de Vizcaya), para generar tan sólo 250 MW (existen minicentrales de 10MW ocupando superficies proporcionalmente mucho menores).

La inundación de terrenos debido a una central hidroeléctrica tiene un impacto medioambiental extremo: desaparecen bosques, hábitats, tierras de cultivo y paisajes de gran valor. Además, se han dado numerosos casos en los que pueblos enteros han quedado bajo las aguas, con el consiguiente desplazamiento de sus habitantes o de comunidades enteras y la desaparición de su patrimonio.

 

Impactos sobre la vida salvaje

Los embalses y presas se utilizan para numerosos fines como abastecimiento de agua a ciudades y poblaciones en general, riegos agrícolas, control de inundaciones, usos recreativos, etc, por lo que la presión e impacto sobre la vida salvaje creados por ellas, no puede achacarse únicamente a la producción de energía eléctrica. Pero es innegable que también afectan seriamente a la fauna y, en gran medida, a los ecosistemas acuáticos. A pesar de la implantación de numerosas técnicas para minimizar su impacto, como escaleras y rampas para peces, éstos y otros organismos acuáticos pueden ser heridos o morir en el movimiento de las aspas de las turbinas que generan electricidad.

Aparte de este impacto directo, se producen otros impactos en la propia presa o incluso aguas debajo de la misma. Las presas y embalses estancan el agua y los flujos son más lentos que el río original, y como consecuencia, acumulan más cantidad de sedimentos y nutrientes, lo que conlleva a un aumento excesivo de algas y plantas acuáticas. Esta vegetación acuática anómala desplaza a la original, y en muchos casos, debe ser controlada por medios mecánicos o biológicos.

Aguas abajo de una presa se suele reducir el caudal del río de manera considerable. De hecho, desde hace tiempo se implantó la obligatoriedad de garantizar un “caudal ecológico”, para intentar garantizar la pervivencia de poblaciones vegetales y animales fluviales.

En una presa, el oxígeno disuelto en el agua es menor que en un río que fluye, por lo que a la hora de soltar agua es importante la acción de aireadores, ya que normalmente se suele liberar agua de las zonas más profundas del embalse, que son las que tienen precisamente menos oxígeno y también una temperatura menor que las aguas más someras de los ríos. De esa forma se minimiza su impacto sobre las normalmente sensibles poblaciones piscícolas.

 

Repercusión sobre el cambio climático

Durante la construcción y desmontaje de una planta hidroeléctrica es cierto que se producen emisiones que contribuyen al calentamiento global. Curiosamente durante su explotación, a pesar de que no se emplean combustibles fósiles, se ha descubierto que las presas y embalses emiten a la atmósfera cantidades variables de dióxido de carbono y metano dependiendo de su tamaño y de la biomasa que estuviera presente en la zona antes de quedar bajo las aguas.

La razón es sencilla: tras quedar anegada por el agua, la vegetación y materia orgánica del suelo de estas zonas se descompone y libera dióxido de carbono y metano, ambos gases de efecto invernadero.

Sin embargo, su efecto es mucho menor en comparación con las emisiones de la producción eléctrica partiendo de combustibles fósiles como carbón o incluso el gas natural.

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